
“Me sentía como una sardina enlatada transportada en un camión por un camino rural sin asfaltar durante la posguerra, esperando impotente un destino incierto. Eran aproximádamente las once de la noche y volvía a casa en un vuelo Madrid-Barcelona que se había retrasado casi dos horas porque una pasajera de edad avanzada que tenía como destino La Coruña, no habia podido evitar equivocarse de vuelo y sobraba, evidentemente, un pasajero. Insólitamente, y a pesar de todos los avances técnicos y del conocimento logrados por el hombre desde Newton hasta hoy, el error y la pasajera solo fueron localizados después de comprobar una por una todas las tarjetas de embarque. El método y la tecnología utilizada son susceptibles de crítica y mejora, pero el resultado, aunque un tanto lento, es irreductible. Por desgracia, mi billete me situó en el penúltimo asiento del avión y la única imagen que podía percibir por mi ventanilla era la del motor de cola, así que la cerré y dediqué mis esfuerzos a intentar engañar a mis sentidos (sobre todo el auditivo), y distraerme con cualquier cosa que tuviera al alcance.
Después de analizar detenidamente por enésima vez los manuales de emergencia y el interesante magazine de la compañía aérea, decidí atreverme a pedir prestado al pasajero de al lado, un ejemplar de un diario ciertamente peculiar. En este periódico, del cual no destacaré evidentemente su rigurosidad y buen gusto, encontré, sin embargo, algo que me permitió reflexionar de una manera tan profunda, como para olvidar la inopia de mi situación en aquel momento. El texto, que estaba extraído de un códice castellano del siglo XVI, formaba parte de una emotiva esquela en la que se leía lo siguiente:“No tener deudas ni amoríos, ni pleitos, ni riñas, ni repartos de bienes con los parientes, contentarse con poco, no esperar nada de los grandes, acomodar los deseos a la realidad. Vivir honradamente y sin ambiciones, entregarse sin escrúpulos a la devoción, dominar las pasiones, hacerlas obedientes. Conservar el espíritu libre y el juicio firme es esperar en casa, con gran sosiego, la muerte”. Inmediatamente, estas sabias y viejas palabras que habían sobrevivido y viajado a través de los siglos, provocaron un efecto catártico y anacrónico en mi mente, inundada normalmente de conceptos y de imágenes en pixels.
En aquel instante, mi necesidad vital se centró en entender la esencia, el significado y el concepto de aquello que aquel hombre quiso comunicar en aquel tiempo, y en qué nos habia llegado esencialmente hasta nuestros días. El resultado de esta inusitada reflexión fue un tranquilizador pensamiento:Creo (no me atrevo a afirmar ya nada), que nadie tiene realmente ni la más remota idea de la dimensión y la evolución de la revolución social y económica que Internet nos planteará en los próximos años. Es como si a la sociedad que vivió el nacimiento del daguerrotipo, le pidiéramos que pudiera concebir e imaginar un fenómeno como el de la industria cinematográfica actual cuando su referente más cercano era entonces la pintura. En este momento solo podemos tener la seguridad de nuestra ignorancia, y de que los únicos parámetros de futuro medianamente válidos, son los que ya han sido contrastados en otras revoluciones a lo largo de la historia por la condición humana.
La selección natural, la adaptación al medio, el trabajo, la humildad, el estudio, la investigación y sobre todo y evidentemente, el dinero, acabarán convirtiendo todos los sueños, una vez más, en pura y simple realidad. Los gurús tecnológicos solo hablan del telescopio y las pocas estrellas que con éste podemos o podremos ver, pero lo cierto es que nadie sabe todavia realmente como entender el universo, ni tiene pruebas irrefutables de la existencia de Dios. Ahora o nunca, los profesionales del medio interactivo, tenemos la oportunidad histórica de coger este avión hacia lo desconocido, elegir asiento, mirar la tierra a través de las nubes, y entender lo insignificantes que somos”.
(joan jimenez para la revista Interactiva, noviembre 2000)

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